La relació pedagògica (1)

març 13th, 2006

La realació pedagògica és un tema que m’ha interessat sempre. Hauria d’escriure “apassionat”. És per això que ho considero un tema ineludible en un blog sobre aprendre i ensenyar. Aquí va un text de Van Manem, un catedràtic d’Educació al Canada que procuro llegir sempre que puc.


La relación pedagógica

La relación pedagógica es una relación intencional entre un adulto y un niño, en la que la dedicación y los propósitos del adulto son la vida adulta y madura del niño. Es una relación orientada hacia el desarrollo personal del niño. Esto significa que el pedagogo tiene que ser capaz de considerar la situación actual y las experiencias del niño y valorarlas por lo que son; y el pedagogo tiene que ser capaz de prever el momento en que el niño puede participar en la cultura con una mayor responsabilidad.

Una forma prerreflexiva o primitiva de la relación pedagógica se encuentra en varias de las relaciones de la vida cotidiana: en la conversación, al ayudar a otra persona, en cada acontecimiento en que se ejerce una cierta influencia sobre el desarrollo formativo de una persona con respecto a otra. La relación pedagógica se diferencia de estas relaciones formativas cotidianas en que el pedagogo moviliza de forma reflexiva su deseo consciente y su voluntad de dar forma y dirección a esa influencia. Pero la relación pedagógica sólo existe cuando estas intenciones encuentran una receptividad por parte del joven o del niño.

En la antigua literatura alemana y holandesa sobre pedagogía, la relación pedagógica se describía como una relación personal intensa entre un adulto y un niño.[1] Podemos confirmar esta calidad de la relación en la intimidad de la relación padre-hijo, en que el amor y el cariño del padre se encuentra con el sentimiento de confianza y necesidad de cercanía, de seguridad, de dirección del niño y su deseo simultáneo de independencia y responsabilidad. Sin embargo, esta relación personal e íntima es mucho menos fácil de conseguir para los profesores, especialmente los profesores de enseñanza secundaria que suelen tratar con una media de ciento cincuenta alumnos al día. En otras palabras, las restricciones de la organización institucional de la escuela, como el lugar formal para educar a los jóvenes, obligan a que la relación pedagógica entre el padre y el niño sea diferente en varios aspectos de la relación entre los jóvenes y el educador profesional aunque éste mantenga una relación in loco parentis. Por supuesto, hay quienes argumentan que, «siendo realistas», los educadores profesionales tienen sólo una obligación, sencillamente la de «instruir» a los alumnos que se les ha asignado en la materia en la que son expertos. Sin embargo, se trata de un punto de vista simplista inaceptable respecto a la responsabilidad educativa y a lo que significa educar a los jóvenes.

Debemos preguntarnos, entonces, ¿qué relación pedagógica se puede establecer entre un profesor y los estudiantes a su cargo? En primer lugar, tenemos que recalcar que la relación del profesor con los alumnos se diferencia de la relación padre-hijo en el aspecto fundamental de que siempre es una relación tripolar: es una relación entre profesor y alumno en que ambos están orientados hacia una cierta asignatura (matemáticas, lengua o ciencias, por ejemplo) y hacia el mundo con que se relaciona esta asignatura. La relación padre-hijo suele ser más bipolar: esencialmente una relación persona a persona. Pero, naturalmente, los padres también están enseñando a su hijo a vivir en este mundo. Otra diferencia evidente entre la relación pedagógica de los profesores y los padres es que la relación profesor-alumno es temporal (aun cuando un niño pueda recordar a un profesor excepcional durante toda la vida), mientras que la relación entre padre e hijo dura toda la vida.

Así pues, la relación pedagógica entre el profesor y los estudiantes difiere de otras posibles relaciones que un adulto pueda tener con un niño, como la amistad, el comercio, etcétera. Un pedagogo, como profesor, no hablaría de sus alumnos como de «mis amigos» o «mis clientes» (aunque el lenguaje del comercio curiosamente ha invadido el discurso de la teoría educativa). La relación pedagógica del profesor es una relación in loco parentis. El profesor trata de orientar a sus alumnos hacia las materias que proporcionan al aprendizaje escolar su importancia pedagógica. A su vez, los estudiantes tienen que aceptar la carga del pedagogo como «profesor»; si no fuera así, el proceso de aprendizaje perdería su razón de ser. También hay que tener en cuenta que la relación pedagógica entre el profesor y el alumno no puede ser obligada o coercitiva. Un profesor no puede forzar a un alumno a aceptarle como profesor; en última instancia, ese reconocimiento debe ser ganado o concedido por el alumno.

En segundo lugar, la relación pedagógica entre el profesor y los alumnos tiene que ser una relación bidireccional. El profesor pretende que los alumnos aprendan y crezcan con respeto a lo que enseña. A su vez, los alumnos tienen que tener un deseo, una disposición y una preparación para aprender. Sin esa «disposición para aprender» no se aprenderá nada trascendente. Naturalmente, en cierta medida, el profesor puede motivar el interés de un niño o un joven hacia ciertas materias. Pero tenemos que considerar que la «disposición para aprender» es una cuestión compleja que supone algo más que la madurez cognitiva o la disposición motivada.[2]

En tercer lugar, la relación pedagógica entre el profesor y los estudiantes tiene una cualidad personal. El profesor no sólo pasa un corpus de conocimiento a los alumnos, sino que también personifica lo que enseña. En cierto sentido, el profesor es lo que enseña. El profesor de matemáticas no es sólo alguien que por casualidad enseña matemáticas. Un profesor de matemáticas de verdad es una persona que personifica las matemáticas, que las vive, que en un sentido profundo se identifica con la materia. De igual manera, los estudiantes no almacenan simplemente el conocimiento que aprenden; cada estudiante aprende siempre de una forma particular y personal. Cada niño le da una forma personal a su interpretación y a la forma en que llega a entender las cosas. Cada niño internaliza los valores, realiza las habilidades, forma hábitos y practica la reflexión crítica en formas significantes, únicas y personales. Puede que el profesor esté impartiendo clases en un grupo de treinta y cinco alumnos; pero siempre es importante recordar que cualquier aprendizaje es siempre un proceso totalmente individual. Para los profesores es un gran reto mediatizar la materia que imparten de forma personal e implicarse personalmente con los alumnos. Esto no significa que el profesor tenga que mantener necesariamente relaciones uno-a-uno con cada alumno (en la enseñanza secundaria esto sería especialmente imposible), sino que quiere decir que el profesor está allí de forma personal para ellos.

MANEM, Max van (1991)
El tacto en la enseñanza. El significado de la sensibilidad pedagógica
Barcelona, 1998; Ediciones Paidós; pág.86 a 91

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